Cuando el poder aprende a abrazar sin soltar
Por Miguel Ángel Avilés
-En Guerrero, la política ha dejado de discutirse: se escenifica.
Y en este otoño de 2026, Beatriz Mojica ha entendido mejor que nadie el guion. Designada Coordinadora de la Defensa de la 4ª Transformación —ese cargo que se parece demasiado a una candidatura, aunque todavía no lo sea—, ha comenzado a recorrer el estado con la paciencia de quien sabe que el poder no se toma de un solo golpe: se teje en reuniones, en abrazos calculados y en fotografías que mañana podrán exhibirse como prueba de unidad.
Primero fue Félix Salgado Macedonio.
El encuentro ocurrió en Acapulco, como tantas cosas importantes de la política guerrerense, cerca del mar, donde el ruido de las olas parece suficiente para disimular las conversaciones que realmente importan.
Mojica publicó la fotografía. Salgado respondió con la elegancia ambigua de quien conoce perfectamente el valor de una imagen política: recibió la visita, habló de unidad, pero no entregó el reino.
En política hay abrazos que unen y abrazos que apenas contienen.
Este pareció de los segundos.
Salgado, superviviente de mil batallas, recordó sin decirlo que en Guerrero las lealtades no se miden únicamente en sonrisas: se miden en estructuras, territorios, grupos y capacidad de movilización.
La fotografía circuló.
La estructura, por ahora, permanece en su sitio.
Días después llegó el encuentro más limpio: el de Esthela Damián.
En un salón de Acapulco, rodeada de legisladores, regidores y cuadros de distintas regiones, Damián hizo algo que pocos saben hacer cuando pierden: reconocer.
Habló de democracia, de que el pueblo pone y el pueblo quita, de que en Morena no deben existir cacicazgos.
Mojica, hábil, agradeció la “altura de miras” y pronunció una frase que puede convertirse en eslogan:
“Ningún equipo es tan poderoso como para tener todos los talentos.”
Fue un acto de madurez política.
O, si se prefiere mirarlo con la ironía que este país enseña, un intercambio de capitales políticos: Damián entrega legitimidad y recibe futuro; Mojica recibe estructura y entrega reconocimiento.
Ambas ganan.
El pueblo, como siempre, observa.
Mientras tanto, Mojica sigue su ruta. Se reúne con el comité estatal, dialoga con dirigencias regionales e insiste en que la unidad no será “de fotografía”.
La frase es bella.
También es peligrosa.
Porque en México hemos visto demasiadas unidades que comienzan en el discurso y terminan en la exclusión.
Guerrero, territorio de heridas antiguas y lealtades profundas, no perdona fácilmente a quien confunde el escenario con el poder real.
Pero aquí aparece una pregunta que rebasa la coyuntura electoral.
Porque mientras los aspirantes recorren el territorio para construir alianzas, ¿qué territorio están intentando gobernar?
La pregunta parece sencilla.
No lo es.
Guerrero no es solamente el escenario donde se toman fotografías políticas. Es también un estado cuya economía familiar mantiene una relación cada vez más profunda con los ingresos generados fuera de sus fronteras.
Durante el primer semestre de 2026, las familias guerrerenses recibieron 1,726.97 millones de dólares en remesas. Esa cantidad equivale, como referencia macroeconómica, a alrededor del 13.9% del PIB estatal, de acuerdo con la fuente utilizada para ese cálculo.
Aquí conviene detenerse.
No porque las remesas sean una curiosidad económica, sino porque detrás de ellas existe una pregunta política mucho más profunda:
¿Qué significa gobernar un territorio cuya capacidad de generar ingresos para miles de familias depende, en una proporción importante, del trabajo realizado fuera de él?
La fotografía política muestra a los dirigentes recorriendo Guerrero.
El dinero cuenta otra geografía.
Una parte del ingreso que sostiene a las familias guerrerenses se genera en California, Illinois, Texas, Nevada y otros territorios de Estados Unidos, y después cruza la frontera para regresar a los hogares de Guerrero.
Es una paradoja que merece ser investigada.
Mientras la política disputa quién tendrá capacidad de decisión dentro del territorio, una parte de la capacidad económica de los hogares se produce fuera de él.
Y ahí aparece una segunda pregunta:
¿Estamos frente a una economía dependiente de la migración o frente a una estructura económica que todavía no hemos aprendido a leer correctamente?
La diferencia no es menor.
Porque las remesas no son simplemente dólares que llegan.
Son trabajo realizado en otro territorio.
Son tiempo.
Son capacidad productiva.
Son ausencia.
Son consumo familiar.
Y, potencialmente, también pueden ser ahorro, patrimonio e inversión.
Por eso sería un error convertir un dato en una conclusión.
Que las remesas representen una proporción importante del ingreso familiar no demuestra, por sí solo, que la política local esté desconectada de la economía real.
Pero sí plantea una hipótesis que merece ser investigada:
Mientras la política guerrerense concentra buena parte de su energía en conquistar el territorio político, una parte de la generación de ingreso de sus hogares ocurre fuera del territorio económico.
Ésta es la grieta que Guerrero debe mirar.
No para afirmar que ya conocemos la respuesta.
Sino para preguntar qué mecanismo existe detrás del dato.
¿Dónde se genera el ingreso?
¿Quién lo genera?
¿Quién lo recibe?
¿En qué se utiliza?
¿Cuánto se consume?
¿Cuánto se ahorra?
¿Cuánto se convierte en patrimonio?
¿Cuánto vuelve a la economía productiva de Guerrero?
¿Y qué ocurre con el territorio cuando una parte importante de su población económicamente activa encuentra mejores oportunidades fuera de él?
Son preguntas que la fotografía de una reunión política no puede responder.
Pero quizá sí pueda hacerlo una investigación.
En La región más transparente, Carlos Fuentes convirtió a la ciudad en un personaje capaz de devorar a sus habitantes.
Guerrero, en este 2026, también parece un personaje.
Generoso en promesas, desconfiado en entregas, acostumbrado a las heridas, atento a quién abraza de verdad y quién solamente posa para la cámara.
Mojica avanza.
Damián suma.
Salgado observa.
Pero debajo de la escena electoral existe otra historia.
Una historia de migración, ingresos, territorio, agricultura, familias y remesas.
Una historia que no necesariamente comienza en una elección ni termina en una urna.
Por eso la pregunta de fondo no es solamente quién ganará la próxima batalla por el poder.
Es qué Guerrero recibirá quien llegue a gobernarlo.
Un Guerrero que produce dentro de sus fronteras.
O un Guerrero que, cada vez más, produce parte de su ingreso fuera de ellas.
La respuesta todavía no está escrita.
Y quizá ésa sea precisamente la investigación que falta.
Porque en Guerrero, como en casi todo México, el poder ha aprendido una lección antigua:
se puede abrazar sin soltar.
Pero también puede ocurrir algo más silencioso:
que un territorio siga siendo políticamente gobernado desde dentro mientras una parte creciente de su economía se sostiene desde fuera.
Ésa es la pauta que apenas empezamos a seguir.
Deja un comentario