Por Miguel Ángel Avilés
El pupitre vacío de una escuela rural de Guerrero no es una ausencia individual; es la marca visible de una hemorragia colectiva. Detrás del histórico ingreso por remesas, Guerrero padece un vaciamiento silencioso que desmantela el porvenir de sus comunidades.
El profesor Raúl, director de una escuela primaria rural que vivió de primera mano el éxodo de su comunidad, recuerda con amargura cómo su plantel pasó de tener una matrícula de más de 200 alumnos a quedarse con apenas 30.
—Se fueron poco a poco, en familias completas, y no regresaron más.
Aunque este testimonio proviene de las aulas rurales de Michoacán, describe con dolorosa precisión un espejo en el que Guerrero puede reconocerse: el abandono paulatino de comunidades enteras y una escuela pública que, en demasiados casos, termina funcionando como una estación de paso antes de partir.
Pizarrones rotos y aulas en el olvido
Cuando el INEGI realizó el Censo de Escuelas, Maestros y Alumnos de Educación Básica y Especial (CEMABE), el ejercicio terminó pareciéndose a una auditoría forense de las carencias del sistema educativo nacional.
Los resultados desnudaron una realidad que los discursos oficiales difícilmente podían ocultar: Guerrero se ubicó entre las entidades con mayor concentración de escuelas construidas con materiales precarios.
La precariedad no es una abstracción.
A nivel nacional, el censo reveló que más del 10% de las escuelas públicas carecían de energía eléctrica; apenas el 69% contaba con acceso a agua y solo el 51.6% disponía de drenaje sanitario.
En el equipamiento elemental para aprender, la brecha tampoco era menor: solo el 85.3% de las escuelas públicas contaba con pupitres suficientes para todos sus alumnos y un 9.1% registraba déficits severos de pizarrones.
Mientras las grandes ciudades avanzan hacia la conectividad digital, buena parte del sur profundo permanece atrapada en otra época. En diversas regiones rurales, el acceso escolar a internet ha sido históricamente marginal.
La consecuencia es brutal: la desigualdad ya no consiste solamente en tener o no tener escuela. Consiste en determinar qué tipo de futuro puede imaginar un niño dependiendo del lugar donde nació.
La cultura de la espera: el aula como andén de salida
Esta precariedad material no explica por sí sola la migración. Sería demasiado cómodo encontrar una sola causa para un fenómeno que atraviesa generaciones.
Pero interactúa con algo más profundo: una economía local incapaz de ofrecer suficientes oportunidades, una larga tradición migratoria y una red de familias que han aprendido a sobrevivir gracias al dinero enviado desde Estados Unidos.
De esa combinación nace una cultura de la espera.
La espera de la edad suficiente.
La espera del familiar que ya cruzó.
La espera del dinero para el viaje.
La espera, finalmente, de la oportunidad para irse.
Las remesas alivian la pobreza inmediata de miles de hogares. Pagan alimentos, medicamentos, vivienda y, en ocasiones, los propios estudios de los hijos. Negar su importancia sería absurdo.
La paradoja comienza cuando el joven observa que el dinero más importante de su familia no proviene de la economía de su comunidad, sino del trabajo de alguien que tuvo que abandonarla.
Entonces la pregunta deja de ser qué carrera estudiar y comienza a ser cuándo partir.
Cuando el bachillerato no garantiza empleo, cuando una carrera universitaria termina en precariedad y cuando el mercado laboral local ofrece salarios incapaces de sostener una vida digna, la escuela pierde parte de su promesa.
No porque los jóvenes hayan dejado de creer en el conocimiento.
Sino porque han comenzado a sospechar que el conocimiento, por sí solo, ya no garantiza un lugar en su propia tierra.
Así, el aula corre el riesgo de convertirse en un andén de salida.
Guerrero está atrapado en un círculo difícil de romper: expulsa a su población joven en la edad de mayor potencial creativo y productivo, recibe posteriormente una parte de la riqueza generada por ese trabajo en forma de remesas y aprende a sobrevivir gracias a un dinero que llega precisamente porque sus habitantes tuvieron que irse.
Celebramos los dólares.
Pero rara vez contamos las ausencias.
Medimos las remesas.
Pero no medimos con la misma precisión el capital humano que se marcha.
Y mientras las cifras financieras suben, algunos pupitres permanecen vacíos.
Las remesas no son el problema. Para miles de familias son la diferencia entre sobrevivir y no hacerlo.
El problema es confundirlas con desarrollo.
Porque un estado verdaderamente desarrollado no necesita exportar a su juventud para importar bienestar.
Y quizá la verdadera hemorragia de Guerrero no esté solamente en sus aulas vacías.
Quizá consista en que hemos aprendido a celebrar el dinero que llega sin preguntarnos, con la misma urgencia, por qué tuvieron que irse quienes lo envían.
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